Honduras y el oscurantismo eléctrico
En las últimas semanas, Honduras ha vuelto a caer en el eterno debate sobre la privatización de la ENEE y la liberalización del mercado eléctrico. Para un lector en EEEUU, Chile o Argentina, leer sobre esto es como abrir un libro de historia de la Guerra Fría; para nosotros, es la cruda realidad de un subsector eléctrico que se niega a salir del oscurantismo. En nuestro país, el debate está secuestrado por el sentimentalismo y las opiniones subjetivas sobre el “bien público”.
Es hora de dejar de lado la retórica romántica: frases como “es un bien de primera necesidad, por lo que debe ser público” son simples eslóganes políticos, no criterios económicos. La electricidad es un bien privado, punto. Cumple con los criterios objetivos de rivalidad y exclusión. Si se puede definir QUIEN lo consume y CUANTO consume, se puede facturar, por ende, se puede cobrar. No es un derecho etéreo; es un producto con costos de producción, exactamente igual que un tomate, un saco de frijoles o un aguacate. Si el precio no cubre el costo, el sistema colapsa.
La historia es implacable: ninguna entidad estatal puede producir bienes privados de manera eficiente. No tienen los incentivos, no tienen la competencia y no tienen el rigor de una verdadera empresa. Hace más de un siglo, en 1920, Ludwig von Mises ya nos había advertido sobre este desastre en su tesis sobre el cálculo económico: “El socialismo crea las condiciones para que los recursos sean asignados arbitrariamente, sin un cálculo económico racional. Como los bienes son distribuidos por el Estado a precios artificialmente bajos o de manera gratuita, no hay ningún incentivo para la eficiencia. Además, los políticos, al controlar estas empresas, tienden a regalar lo que producen, para ganarse el apoyo popular y asegurar su permanencia en el poder. Esto no solo impide que se cubran los costos de producción, sino que también elimina la competencia, lo que lleva a la descoordinación de la economía y a la completa ineficiencia”.
A pesar de la advertencia, Honduras prefirió abrazar el estatismo de Keynes, una moda ideológica fracasada que en los 80´s ya nos había dejado apagones masivos, quiebras financieras y nidos de corrupción. Mientras el resto del mundo entendió que “empresa estatal” es un oxímoron tan ridículo como decir “hielo frito”, nosotros seguimos aferrados a un modelo que solo genera oscuridad.
Pero el viento está cambiando. Los resultados irrefutables de la liberalización en otros países y el fenómeno de Milei en Argentina están inyectando realismo a una discusión que antes era puramente ideológica. Las nuevas generaciones —Millennials, Gen Z y Alpha— no tienen paciencia para el romanticismo político. Si algo no funciona, se cambia. Si el Estado es incapaz de dar luz, se aparta.
KEVIN RODRÍGUEZ | Libertario

